PROBLEMAS: TU GRAN OPORTUNIDAD

por Roxana Hovhanessian

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En el Evangelio, Jesús nos dice:

“Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.”

Juan 16:33

“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas.”

(Mateo 10:16 – versión: El Libro del Pueblo de Dios).

Querido hermano, Su Palabra es clara: nos previene, avisa, anticipa, que habremos de pasar por situaciones contrarias, adversidades, momentos de dolor

La Palabra nos enseña que los problemas vendrán, sí, pero nos da las herramientas para salir más que vencedores de esa situación; obrando con astucia, con sencillez y sobre todo sin perder el ánimo… ¡nunca! Con Cristo todo es posible!!!

Lo primero es reconocer que hay una realidad: todos tenemos problemas. Pero este mensaje llega a tu vida para que hoy puedas cambiar tu perspectiva frente a ellos.

En el peregrinar por este mundo, inevitablemente habrá momentos buenos y otros que no lo son. No obstante, debemos creer y comprender que ninguna de esas “situaciones” –que sólo parecen destinadas a complicar nuestra vida–, pueden apropiarse de nuestro descanso, de nuestro futuro, de nuestra familia. ¡NO!, pues no sólo debemos poner manos a la obra para solucionarlas, sino que en el Nombre de Jesús, debemos “ganarle” a los problemas, porque SON TU GRAN OPORTUNIDAD PARA VENCER!!!

Por otra parte, es real que hay situaciones en las que quizás, de momento, no podemos hacer nada. Antes de continuar me permito hacer esta aclaración: al decir “nada” me refiero a que tal vez, no hay acciones concretas que tras realizarlas, puedan conseguir la esperada solución, pero hay algo que siempre podemos –y debemos– hacer: orar por ello y poner nuestra confianza en el Señor. Recuerda que en Su Palabra nos promete que “todas las cosas ayudan para bien de los que aman a Dios” (ver Romanos 8:28). ¡Gracias Señor!

En el Libro de los Salmos encontramos muchísimos ejemplos de lo que significa sobreponerse a la adversidad. Muchos de ellos han sido escritos en momentos de tribulación. Te invito a que tomes tu Biblia y puedas estar leyendo, buscando y “degustando” lo que Dios tiene para tu vida.

Uno de ellos es el Salmo 54. El salmista comienza a ver que todo se complica; pero en ese momento es capaz de percibir que Dios está a su lado. Y cuando las cosas se tornaban más y más oscuras, en vez de caer en la tristeza su alma se consuela en Dios –su fortaleza– y por eso puede llenarse de alegría aún en medio de la contrariedad: “Contra mí han surgido arrogantes, rabiosos buscan mi muerte… Pero Dios viene en mi auxilio, el Señor defiende mi vida… te daré gracias por tu bondad, porque de toda angustia me has librado…”. ¡Aleluya!

Pero ¿cuántas veces, lo primero que surge ante una contrariedad, es la angustia, la preocupación, la tristeza, la ansiedad, el enojo, la queja?

Frente a los problemas, siempre habrá dos posibles actitudes:

1) La desesperación: “No sé qué hacer”. “No sé cómo hacerlo”. “No sé por qué me pasa esto”. “¡Esto está fuera de mi control!”.

2) La actitud correcta: la del creyente que sabe que la fe no niega las circunstancias, sino que… ¡las transforma!

En nuestro hogar, en el trabajo, en la vida en general, continuamente surgen cuestiones que resolver; asuntos que “conviven” con nosotros. Pero en el Nombre de Jesús, los cristianos podemos cambiar la perspectiva del problema y pasar de “víctima”… a vencedor!!! ¡Aleluya!

Hay una gran diferencia entre tener un gran problema, o hacer de un problema algo grande. Tu atención no debe concentrarse en lo que está sucediendo, sino en lo que ocurre contigo, en tu interior.

¿Por qué hay cristianos que pueden sobreponerse a situaciones difíciles mientras que tantos otros, ante la menor contrariedad, quedan como abrumados…?

La respuesta está en que transformaron los obstáculos en piedras sobre las cuales pisar para cruzar hacia lo otra orilla.

Porque el vencedor es aquel que se dio cuenta de que no puede “elegir todo” lo que le sucederá, pero sí puede elegir cómo vivir cada momento de su vida y sobre todo, qué actitud tomará frente a los problemas.

La actitud hace la diferencia, y esto por la simple razón de que es nuestra actitud la que determina nuestra manera de obrar, de actuar, los pasos a seguir. Esto se aplica no sólo a los problemas sino en todos los órdenes de nuestra vida. La actitud será la que en definitiva, nos mueva hacia una u otra dirección. Por eso tenemos la Palabra de Dios, que nos instruye para que seamos capaces de reconocer los problemas en cuanto llegan y buscar la solución en sus etapas iniciales.

Por la Palabra nos volvemos personas atentas, previsoras, que buscan “indicadores”, que están velando en oración y confiando en Dios.

En una oportunidad, oí decir a un boxeador ya retirado, que a lo largo de su carrera los golpes que lo derribaron no fueron los más fuertes, sino aquellos que “no vio venir”…

Entonces, para revolver los problemas (y que éstos se transformen en una oportunidad para vencer) es fundamental, como vimos, tener la actitud correcta; pero además es necesaria una estrategia adecuada. Esto es: un plan de acción correcto.

Un ejemplo de esto lo hallamos en la vida de la reina Ester, quien frente a la amenaza de exterminio que pesaba sobre su pueblo –el pueblo de Dios– (ver Ester capítulo 3) determina una estrategia, se encomienda al Señor y toma la actitud del vencedor (ver Ester capítulos 4 al 8).

Qué hacer cuando una situación adversa se presenta

1) Identificar el problema: qué es problema y qué no. Sólo cuando lo identifico puedo establecer la estrategia a seguir.

2) Establecer prioridades: es menester ordenarse, saber por dónde comenzar e ir realizando una cosa a la vez.

3) Definirlo: determinar cuál es, de qué se trata, etc. Que no sea algo “abstracto”.

4) Involucrarse en el proceso: siempre tenemos algún modo de intervenir, comenzando con orar por ello. Poner empeño en solucionarlo cuando recién comienza para que no siga avanzando.

5) Establecer las causas: debo saber qué lo causó para así poder evitar que vuelva a ocurrir.

6) Evaluar todas las soluciones posibles y elegir la más adecuada.

7) Implementar la mejor.

Mantén siempre tu fe en las Promesas de Dios. En Él se establece nuestra confianza.

Lamentablemente, muchas personas, en su desesperación, terminan confiando en ciertas “cosas” o en personas cuyos consejos nada tienen que ver con el fundamento bíblico; o peor aún, toman a Dios como “algo más” para obtener la solución.

Querido hermano, si quieres vencer, debes grabar esto en tu corazón: el hombre dividido en su interior –ambivalente– nunca podrá alcanzar nada, porque siempre estará “movido” hacia dos direcciones opuestas: “…el que vacila es semejante al oleaje del mar, agitado por el viento y zarandeado de una a otra parte. Que no piense recibir cosa alguna del Señor un hombre como éste, un hombre irresoluto e inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:6-8).

Una persona así tiene sus “lealtades divididas”, vacilando constantemente entre la fe y la incredulidad; algunas veces pensando que Dios le ayudará y otras… renunciando a toda esperanza.

Si me permites decirlo de este modo, es alguien con un pie en la Iglesia y otro en el “mundo” (es decir, llevado por los pareceres o formas de actuar que son contrarias a las enseñanzas de Dios): “…¿no sabéis acaso que la amistad con el mundo es enemistad con Dios?” (Santiago 4:4).

O bien, es alguien que confiesa las promesas de Dios pero a su vez “habla mal”: “las cosas van de mal en peor”, “esto no tiene solución”, “todo está perdido”, etc.: “…de una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos mío, no debe ser así.” (Santiago 3:10).

Un hombre que tomó la actitud correcta fue Josué. Él llegó a ser el sucesor de Moisés (Números 27:12-23) y tomó posesión de la tierra prometida (Deuteronomio 31:1-8).

Tuvo actitud de líder, de conquistador, de vencedor. Cuando fue enviado a explorar la tierra prometida, no se dejó amedrentar y mientras que los demás declararon imposible conquistar ese lugar, él declaró que “sí podían”, porque Dios se los había dado (ver Números capítulos 13 y 14). Josué no se conformó con menos que ver el cumplimiento de lo que Dios le prometió. ¿Y tú, querido hermano…?

Es sorprendente ver la cantidad de personas que no asumen la responsabilidad de sus actitudes, culpando siempre a otros –o al entorno– por sus problemas. Pero esto no puede ser así, porque somos absolutamente responsables por ellas.

La felicidad no es una condición que depende de una u otra cosa; la felicidad es una convicción. De otra forma, sólo seríamos felices si “todo sale bien”, si todo está como cada uno quiere… Sin embargo el cristiano es una persona feliz, porque se sobrepone a los problemas, conflicto o tribulación: se pone por encima de las circunstancias adversas sin dejar que éstas le derriben.

Es muy triste cuando las personas, llamadas por Dios a vivir en plenitud cada momento de sus vidas, se llenan de amargura, siempre enojadas y “endurecidas” con los demás porque recuerdan los tiempos difíciles como el momento a partir del cual sus vidas “se desmoronaron”.

El apóstol Pablo nos enseña que para seguir adelante, es preciso dejar de mirar el pasado: “Yo, hermanos, no creo haberlo ya conseguido. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante…” (Filipenses 3:13). La decisión de mirar hacia lo que viene -de poner tu confianza en el Señor, de obedecer a Su Palabra y dejarte conducir por el Espíritu Santo- es exclusivamente tuya.

Y si pasan los días y aún no ves cambios… no te desesperes, porque paciencia no significa resignación, por el contrario, la paciencia es una virtud que llega como resultado de confiar en el Señor.

Tú podrás experimentar en tu vida que aquello sobre lo cual Jesús nos advirtió en Su Palabra (las tribulaciones), lejos de acabar con tu fe y tus ganas de progresar; fueron el “trampolín” para ser una persona con mayor sabiduría, madura, crecida espiritualmente y más aún, con un testimonio del Poder de Dios para que otros vean cuán Bueno es el Señor. Declara con fe: “Señor, yo sé que Tú sacarás algo bueno de todo esto”. Aleluya!!!

Debes someter tu vida a Dios, purificar tu corazón y reforzar tu lectura diaria de la Palabra, la oración personal, tu asistencia a la reunión eclesial y la vida sacramental. Éstos son los pilares que te sostendrán.

Finalmente, debes saber que en cada dificultad hay una ganancia. Leemos en el capítulo 5 de la Carta a los Romanos que las dificultades traen:

* Paciencia: “Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia…” (v. 3).

* Carácter probado: “…la paciencia, virtud probada…” (v. 4).

* Esperanza: “…la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” (v. 5).

Y para que no quede la menor duda, aquí tienes la prueba más grande del Amor de Dios y de Su Eterno cuidado y auxilio para ti: “En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; –en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir–; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía nosotros pecadores, murió por nosotros.” (vs. 6-8). ¡Gracias Señor!

Para ti y para mí, querido hermano, los problemas han pasado de ser obstáculos que amenazaban con dañar nuestras vidas, para ser escalones en los cuales pisar, ascender y ser promovidos.

Fíjate que no hemos hablado aquí de “soluciones”, hemos compartido acerca de algo que está “por encima” de esas soluciones y es “sacar un provecho” de nuestros problemas. Esto es, que sean para nosotros: “verdaderas oportunidades”, provechosas circunstancias de las cuales salimos fortalecidos, gracias a Dios.

No te pierdas la oportunidad de ser un vencedor!!!

¡Que Dios te bendiga!