“¡ALÉGRENSE!”

-UNA VISITA A PABLO-

“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres.” (Filipenses 4-4)

Me levanté y fui a visitar a un hombre que injustamente padecía en prisión. Le pregunté cómo soportaba el hecho de estar encarcelado, siendo que ese lugar era para los malvados, los malhechores… y no para él.

Fui a él, llevando mis propias “prisiones” a cuestas.

Enseguida me respondió: “Es que yo estoy entrenado en la arena del dolor y aprendí a contentarme, en cualquier situación…”

“Cuéntame”, le dije; “¿Cómo es esto?”

Él me dijo: “El gozo de Cristo, es mi secreto…” “Por eso me puedo gozar aún en el sufrimiento, consagrando incluso a Él estas cadenas que, en alguna forma, son como una condecoración, pues no me sobrevinieron por otra cosa que no fuera por predicar su Evangelio…”

Como yo escuchaba en silencio, siguió: “Mira, lo esencial es tener los mismos sentimientos que Cristo… Él, siendo Dios, se hizo siervo, se humilló y aceptó por obediencia la Cruz en la que se entregó por todos nosotros… ¿Puedes verlo…?”

“El gozo está implícito en hacer la Voluntad de Dios; en la santidad…”

Me quedé pensando y le dije: “Entonces…”

“Sí”, me dijo al instante como sabiendo lo que estaba pensando.

“Si, la felicidad viene al alma por la santidad… Es el gozo del servicio…” me completó: “Cuídate siempre de los malos obreros… Mira, al encontrar a Cristo todo cambia de perspectiva. Se convierte hasta en BASURA lo que el hombre pretende haber conseguido sin Su beneplácito. Fama, honores, títulos, posiciones de supuestos lugares de poder… ¡Todo!  El gozo de la fe en Cristo; Su Amor Eterno; Su perfecta paz que supera todo lo que podemos imaginar o entender, viene a morar en nosotros, pues hay mayor gozo en dar que en recibir, ¿no te parece…?”

“Por otra parte”, me dijo, “Yo estoy dispuesto a todo por Cristo y en esto no hay mérito mío, sino que por Su Gracia, soy lo que soy…”

Gracias, Pablo, le dije -no sin tristeza en mis ojos y en mi corazón- conociendo, como conocía el desenlace de esta situación y como si él lo hubiera leído en mis ojos, me dijo:

“Antes de que te vayas, déjame decirte…” “A ti -como a mí- TE BASTA SU GRACIA, ¿me oyes…?”

“Pues ella es la que nos hace fuertes en nuestro aguijón, en nuestra debilidad, pues cuando débiles es cuando somos fuertes…”

“No te preocupes, alégrate y vive siempre alegre, pues tanto tú, como todos los que sirven al Señor de corazón, han crucificado la carne con sus apetencias… así como de mí lo sabes y que ahora que nos despedimos quiero que tengas bien presente, en todo momento…”

Ahora fui yo el que sin querer, no lo dejé completar, pués intervine diciendo: “Sí ya sé, déjame decirlo a mí como una declaración que pretende ser conjunta, contigo, querido Pablo: ¡YA NO VIVO YO, ES CRISTO QUIEN VIVE EN MÍ…!

¿Cómo? ¿Qué esto nunca ocurrió…?

Si lo ves así, pídele a Jesús, que puedas hacerle una visita a Pablo, en la Sagrada Escritura…

¡Pruébalo y verás! ¡Dios te bendiga!

JUAN CARLOS HOVHANESSIAN